Apego infantil y relaciones de pareja adultas

Un hombre mirandose en un espejo

A nivel de pareja, el comportamiento adulto en la relación de pareja viene muy influido por los modelos de vinculación en la infancia. Existe una relación directa entre los trastornos de apego, trastornos de la empatía infantil y la incompetencia conyugal. Existen cuatro estilos de apego infantil con el cuidador primario:

  • Apego seguro: El niño confía en su cuidador y se siente amado y protegido. De adulto, forma relaciones estables y saludables.
  • Apego inseguro evitativo: El niño aprende a suprimir sus emociones porque sus necesidades no son atendidas. De adulto, evita la intimidad emocional y es autosuficiente emocionalmente.
  • Apego inseguro ansioso: El niño experimenta cuidado inconstante y desarrolla temor al abandono. De adulto, busca contacto y aprobación constante y teme ser rechazado.
  • Apego inseguro ambivalente: El niño vive experiencias de miedo o trauma con la figura de apego. De adulto, muestra conductas contradictorias y enorme dificultad para confiar en los demás.

El apego aprendido en la niñez genera diferentes formas de estar en pareja

Los individuos que gozaron de apego primario seguro tienen como adultos la capacidad de regularse emocionalmente, se vinculan sin dependencia o miedo constante. Pueden escuchar sus necesidades de contacto y son capaces de identificar lugares y personas que les son receptivos y seguros, para acercarse y crear relación, y los que no generan bienestar o son motivo de inseguridad, para alejarse: tienen mejor criterio para elegir, la confianza de poder gestionarse emocionalmente en pareja y tener un vínculo nutritivo.

Los individuos que desarrollaron apego evitativo, no buscan activamente el contacto, y presentan una actitud de autosuficiencia, por desconfianza en el otro. Este apego desarrollado por el bebé viene provocado porque su figura cuidadora considera excesivas sus demandas, las evalúan como muestra de debilidad, capricho o como si quisieran aprovecharse del adulto, en una confusión con otro tipo de conflictos psíquicos del cuidador, en los que se sintió objeto de satisfacción de las necesidades de otra persona. Esta clase de apego genera una herida de rechazo, que da como resultado adultos con la llamada “máscara del huidizo”, que evitan el contacto, desarrollan mecanismos de defensa basados en el escape o la negación. Este escape es físico o bien con una imaginación muy fértil con la que escapa también al contacto real con el otro. Utilizan su ocupación constante como distanciador de las relaciones, para bajar el nivel de alerta que les genera el contacto. Este perfil teme compartir sus necesidades emocionales con la pareja y es evasivo del contacto profundo y de la creación de vínculos estables.

Las personas con apego ansioso contaron con un cuidador primario cuyas necesidades se superponían a las suyas. De este modo, si el cuidador estaba feliz o animado, se mostraba competente reconociendo la necesidad del bebé y regulándolo emocional y fisiológicamente. Si el cuidador no estaba regulado, no era sensible a las necesidades del bebé o mantenía una presencia deficiente para cubrirlas. En este escenario, el bebé registra que la satisfacción de su necesidad no depende de su demanda, sino de una variable inconstante que no puede controlar. Quedan en una angustia crónica por obtener la cercanía del otro, y de atrapar los momentos en los que sí hubo vinculo nutritivo, y tienen dificultad para desapegarse y explorar por su cuenta. Los adultos que han experimentado este apego presentarán una hipersensibilidad ante las emociones negativas, y expresiones de angustia intensificadas. Vivirán como ”abandono” conductas de separación temporal de la pareja, que no son abandónicas. Presentarán características de personalidad de la herida infantil del abandono: buscar constantemente compañía y atención, y dificultad en estar solos.
Este adulto será complaciente a la pareja para sentirse aceptado o querido.

Se puede mostrar muestra necesitado, demandante o con miedo al rechazo, y desarrolla rápidamente dependencia en relaciones,  con un gran temor a no ser digno de amor si no es acompañado.

El adulto que desarrolló un apego ambivalente en su niñez, contó con un cuidador primario que pudo sufrir experiencias traumáticas sin sanar, y que provocan alta insensibilidad e incluso violencia. El niño lo vivió con angustia, miedo y desesperanza, con necesidad al contacto y miedo del contacto, de forma simultánea: una contradicción que no está al alcance de la capacidad de gestión de un niño. El cuidador primario presentó actitudes de extremo control mediante la agresividad, o mediante una invasión compulsiva en forma de cuidados, sin ver las necesidades del niño, y que tenía fines controladores. Los adultos que han experimentado este vínculo primario son los que van a vivir experiencias de pareja más insatisfactorias. Como adultos, por un lado no tienen facilidad en identificar sus necesidades porque sus necesidades no fueron escuchadas o validadas en su primer vínculo vital. Por otra parte evitarán la intimidad y limitarán la capacidad de construir el vínculo profundo en pareja. Estos adultos tienen un concepto de sí mismos negativo y un concepto del otro también negativo: y esta combinación presenta especial dificultad en la vinculación personal profunda de pareja. Presentarán conductas contradictorias de acercamiento y alejamiento simultáneos, con aparente presencia pero con cierto grado de agresividad y violencia en la cercanía. El mensaje que se destila es confuso, habitualmente con mensajes opuestos consecutivos que generan bienestar y malestar en quien los recibe. En estados más extremos es el germen de una relación tóxica o de maltrato emocional, y también físico.

La influencia del apego en la vinculación en pareja tiene tendencia a reforzarse y perpetuarse, sin embargo, nuevas experiencias de apego seguro en la juventud o edad adulta, con nuevas figuras, pueden también generar ajustes en el estilo de apego. Los espacios seguros de psicoterapia, o nuevas personas relevantes en la vida que generen un lugar nutritivo y estable, permiten mejorar o sanar, un vínculo primario inseguro, y su efecto sobre las relaciones de pareja.