“Señor, no se dé usted a los ímpetus del corazón sin pensar en las consecuencias.”
Sancho a Don Quijote.
¿Lo de Sancho es prudencia, miedo o equilibrio? Cuántas veces hemos escuchado el buen consejo que nos advierte que las decisiones es mejor tomarlas con la cabeza fría. Sin embargo, ¿qué significa “cabeza fría”? ¿Implica dejar a un lado el contenido emocional para decidir? ¿Son las emociones un estorbo para tomar buenas decisiones?
Antonio Damasio es un neurocientífico y neurólogo portugués reconocido por sus investigaciones sobre la relación entre emociones, decisiones y cerebro. Sus estudios muestran cómo las emociones son fundamentales para la razón y el comportamiento humano. En su libro: “El error de Descartes” se enfrenta a la relevancia de lo que Sancho llama, los ímpetus del corazón, de las emociones, y de su papel en la buena toma de decisiones.
El título “El error de Descartes” ya sugiere alguna pista al respecto. Damasio parte de un título provocador, por la afirmación cartesiana “pienso, luego existo”, para presentar los resultados de sus investigaciones neurológicas en las que demuestra que la emoción es un ingrediente necesario para la buena toma de decisiones. Descartes habría tenido algo que decir a esa provocación reduccionista del ser humano, pero ese es debate de otro costal. Vamos con nuestro costal.
El sistema nervioso reacciona ante los estímulos a nivel corporal, emocional y racional. Tres centros que se hablan entre sí, conectados, que se alimentan o inhiben. Tres centros que conviene ser capaces de identificar, porque todos juegan, queramos o no, algún rol en nuestras decisiones. Los estímulos importantes, las situaciones relevantes sobre las que tomar decisiones, tienen efecto sobre el cuerpo, la mente y la emoción. Dar escucha a cada uno de esos efectos, nos proporciona información que integraremos para la decisión que más nos conviene.
Vamos a utilizar un ejemplo práctico para hacer este recorrido: cambiar de ciudad por una oferta de trabajo. Esta propuesta puede generar en el cuerpo sensaciones de activación positiva (aumento de energía) o negativa (tensión/nerviosismo). A nivel emocional, podríamos sentir alegría por el nuevo reto, tristeza por dejar atrás nuestra ciudad, o incluso una combinación de ambas. A nivel racional la información que manejamos tendría que ver con una evaluación objetiva de la oferta, compensación, encaje en el plan personal y profesional.
¿Cómo integrar los tres centros para decidir? En el caso de que sensación, emoción y razón estén razonablemente alineados, la decisión es integral y se hace evidente. El conflicto llega cuando alguno de ellos está desalineado con los otros, cuando sentimos nerviosismo en el cuerpo, miedo y sin embargo a nivel racional es indudablemente una buena oferta económica. En este caso, el espacio que merece la pena ser explorado es el emocional.
A nivel cognitivo, racional, la información suele ser clara: son datos objetivos y fácilmente evaluables – en nuestro ejemplo: la oferta laboral es interesante o no. En el caso de las emociones, la información puede necesitar de exploración para desvelar su mensaje. De nuevo en el ejemplo: si tengo miedo a cambiar de trabajo o ciudad, ¿se debe a experiencias anteriores de cambio que no han tenido buen resultado? ¿qué aprendí de esas experiencias? ¿qué podría hacer en esta ocasión para que evitar el mal resultado? ¿es un nivel de temor equilibrado por enfrentar un lugar nuevo? ¿de qué me está advirtiendo ese miedo? Si se tratara de tristeza, ¿qué estamos perdiendo con el cambio: amigos, familia, lugares habituales? ¿qué importancia tiene eso que perdemos? ¿podríamos recuperarlo o no? ¿cómo nos sentiríamos sin eso que perdemos?
Fíjate que estas preguntas invitan a la reflexión racional sobre la emoción: estamos integrando emoción y razón; estamos desgranando la información que el miedo o la tristeza traen consigo. Cuando ponemos a hablar a estos dos centros y descubrimos más información importante para la decisión, seguramente las sensaciones corporales acompañarán en positivo: las tensiones del cuerpo reflejan muy a menudo conflictos internos, es decir, lugares de nosotros mismos que necesitan claridad y escucha para poder resolver.
No le falta razón a Sancho sobre los ímpetus del corazón, tampoco a Damasio sobre el exceso protagonismo de lo racional: pongamos a hablar a ambos para que las buenas decisiones se desvelen por sí mismas.